16 ene. 2011

En la tranquera

- ¿Y saben lo que me dijo? ¿Saben lo que me dijo? Me dijo que soy aburrido. Que debería tener amantes o algo así. Que debería buscarme alguna de veinte o veintiuno para tener en la tranquera.
Julio y el Zuzín se quedaron callados y Mario, todavía un poco alterado, levantó la taza temblorosa y tomó unos sorbos de su café.
- Hija de puta -dijo después de pensarlo un poco Julio.
Después de su sentencia, los tres amigos se mantuvieron en silencio por un tiempo. El Zuzín jugaba con su llavero, mientras que Mario se recostó sobre su silla, vencido, observando un punto blanco en la pared. Julio se había quedado mirando su pocillo, como hipnotizado por su oscuro contenido, hasta que pasó su mano por su creciente calvicie y empezó su feroz embestida.
- Sí. Una hija de puta. Te das cuenta, ¿no? Pero te das cuenta, ¿no? ¿Cómo te va a venir con algo así? No lo pienses ni un minuto. Que no te haga a empezar a dudar, eh. Es de culo-rota el planteo ese. No solo de culo-rota, de reverenda forra también.
- ¿Te vino con algo de eso de las relaciones modernas? -preguntó el Zuzín.
Mario lo miró al Zuzín y después a otro lado.
- Sí, te vino con eso - dijo el Zuzín.
En el Vickin III no había mucha gente y el pedido de un cortado del mesero al hombre detrás de la barra se escuchó en todo el salón.
- Mirá loco, yo no distinguiré bien siempre el blanco del negro, ni seré Messi, Iniesta o Xabi Alonso, pero en esta, la verdad es que yo creo que te hicieron mal. Te la dieron vuelta. Te apuntaron al corazón -dijo Julio.
El ruido de la máquina de café atravesó la mesa y Mario, que había estado doblando y desdoblando un paquete vacío de azucar, los miró a sus amigos. Suspiró, esperó un segundo y su rostro comenzó a transformarse. Cerró los ojos, los volvió a abrir y apoyó sus manos abiertas sobre la mesa.
- Voy a empezar el divorcio.

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