14 mar. 2011

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Roberto Mbata con la parsimonía que sólo pueden permitirse los grandes hombres de la historia se tomó un momento para mirar a su alrededor. Ni siquiera él supo por qué reparó en aquella diminuta piojomosca que se había posado vertical sobre el vidrio, la multitud deambulaba sin prisa pero sin pausa por delante de su despacho. Encapsulados bajo el cielo negro espacial, mucho más allá del vidrio y la piojomosca, sin poder prever aquello que él estaba por enviar a sus bio-intercomunicadores y que en segundos sería lo único importante que habría de ocupar la actividad químico-eléctrica de sus cerebros.

Él haría cambiar la polaridad de la historia, o como gustaba de pensar de una forma no poco pedante: La historia lo había hecho cambiar a él y él como movido por una especie de necesidad transhumana cambiaría el futuro. Esa perversa obsesión lo había llevado hasta aquí, la cima de un mundo superhumano, en donde las habilidades animales propias del hombre una a una habían sido superadas, aplastadas y devueltas a la cotideaneidad pero despojadas de lo que alguna vez había sido llamado "calor humano".

Primero sonó el acorde adecuado (Do con quinta Bemol) al servicio de "Noticias Máximas" lo cual, como era de esperar, hizo que millones de cuerpos activaran su sistema límbico y experimentaran algo similar -aunque algo atenuado- a lo que hace décadas se conocía como miedo. De repente sus caras adquirieron un gesto brutal en el momento en que sus bio-intercomunicadores captaron y reproduijeron la información que Mbata les había preparado.

Algunos segundos después, todo proseguía con el mismo orden que hasta hacía un momento regía a la multitud que transitaba el área colectiva. El fuerte olor a polímero emanado de los árboles y las Hungarian Folksongs de Béla Bartók que se reproducían en los oidos de toda la población lograban su cometido, bajar el pulso cardíaco y restablecer el equilibrio iónico del líquido encefalorraquídeo de aquellas personas.

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