31 jul. 2010

Camarones

- ¡Abrí la puerta Gómez! Se terminó la joda hermano. De acá no se van a poder ir-.
La voz esperó unos segundos y, tras no recibir respuesta ni escuchar ruidos dentro de la cabaña, empezó a golpear de nuevo.
- ¡Gómez! ¡Abrí la puerta carajo! Los tenemos rodeados. Ya no hay vuelta, ¿me entendés? Esto se puede hacer tranqui o se puede hacer fulero. Depende de vos-.
Cuando la policía llegó a la cabaña número 5 del camping El Sur, Luis y Andrea seguían durmiendo. Si bien ya eran las 11.30 de la mañana, habían pasado las últimas 18 horas turnándose al volante del auto, antes de llegar a Camarones. El pueblo parecía ofrecer todas las cualidades de escondite temporario. Aislado y olvidado, los fugitivos comenzaron a recorrer sus calles en búsqueda de una posada o un hotel, cuando vieron el letrero de El Sur. Retomaron la ruta 3 y siguieron cinco kilómetros hacia Comodoro hasta llegar al camping. Eran las 6.00, pero el encargado ya estaba en la vieja recepción con un mate recién cebado. Pagaron, dejaron el auto enfrente a la cabaña y diez minutos después ya dormían.
Ahora el Gordo estaba parado frente a la puerta, inmóvil, escuchando los golpes y los gritos que venían desde afuera.
- Gómez, vamos, que si te entregas manso va a ser un punto a favor tuyo en el expediente. A los jueces les gustan esas cosas. Te puede quitar unos años y, si le sumás buen comportamiento, falta de antecedentes, vas a ver que ni siquiera haces toda la condena-.
El sargento Craigs esperó alguna señal, pero el silencio en el chalecito era total.
- Este tipo es medio pelotudo - le murmuró Craigs a los dos cabos que lo acompañaban.
Dejó pasar unos segundos y estaba a punto de golpear de nuevo cuando, sin aviso, desde adentro de la cabaña comenzaron a disparar.
Los tres policías se tiraron al piso y vaciaron sus cargadores contra la puerta. Los dos efectivos en la parte trasera de la cabaña dieron la vuelta corriendo y cubrieron a los hombres.
Pasado el tiroteo, lo único que se escuchaba en el lugar eran los gritos agudos de una mujer. Los tres uniformados en el piso se miraron entre ellos.
- ¿Están bien muchachos? - preguntó Craigs.
- Sí sargento - respondieron asustados los cabos Menéndez y Artuchi.
- Bien - dijo Craigs.
Craigs, Menéndez y Artuchi recargaron sus armas y permanecieron en sus posiciones, apuntando hacia la entrada. Dejaron que pase alrededor de un minuto y, después de comprobar que, salvo por los alaridos femenino, había vuelto el silencio inicial, comenzaron a pararse.
- Cúbranme - ordenó Craigs, que volvió a acercarse a la cabaña.
Aprestado, afinó su oído, pero lo único que escuchaba eran los sollozos que venían desde adentro. Esperó unos segundos, se meceó un par de veces y, luego de dirigirle una señal a sus subalternos, pateó la puerta y entró a la cabaña.
Lo primero que recogieron los sentidos del sargento fueron los nuevos gritos de Andrea. La diferencia de luz entre el exterior y el interior lo habían dejado prácticamente ciego.
- ¡Arriba las manos! - gritó Craigs, apuntando sin ver, guiándose por el sonido.
- ¡Arriba las manos carajo! - volvió a gritar, enervado por los alaridos más fuertes de Andrea.
De a poquito el sargento comenzó a divisar las formas en la habitación. Lo primero que vio fue a la mujer, de aproximadamente 40 años, sentada en la cama, llorando, tapándose con las sábanas. Empezó a mirar a su alrededor en busca de Gómez. Lo encontró tirado en el piso, con el revolver aún en su mano. Un charco de sangre se expandía lentamente alrededor de su cabeza. Craigs se quedó unos instantes mirando al muerto, pero su atención volvió a Andrea.
- ¡Arriba las manos te dije! - gritó, provocando más llanto en la mujer.
- ¡Levantá las manos carajo! - chilló Craigs, mientras Andrea se volvía cada vez más dentro de si misma.
- ¿Así que te haces la boluda? Ya vamos a ver cómo te haces la boluda, eh - dijo Craigs.
El sargento se acercó, la agarró de los pelos y la arrastró fuera de la cama. Andrea trató de agarrarse de lo que pudo y en el camino tiró todo lo que estaba sobre la lámpara de luz al piso. Desnuda y en el suelo, Craigs volvió a sujetarse de su melena, asegurándose de sostener más cantidad de cabello, y empezó a arrastrarla hacia la entrada.
- ¿Sargento? - dudó Artuchi al ver a Craigs salir al exterior, con la mujer gritando y luchando a la rastra.
Craigs se detuvo, volvió a chillarle a Andrea que se callara y lo miró al cabo.
- ¿Cuál es su puto problema Artuchi? - dijo Craigs.
El cabo no dijo nada. El sargento lo observó fijo por unos segundos y luego siguió avanzando hacia la camioneta con la inscripción de la Policía del Chubut. Cuando llegó al vehículo, abrió la puerta, levantó a Andrea, cubierta de una mezcla de polvo y lágrimas, y la empujó adentro de la cabina.
- Concha tu madre, la que te re mil parió - murmuró Craigs tras cerrar la puerta.
El sargento volvió, agitado, a reunirse con Menéndez y Artuchi, a los que ya se les habían sumado Wilkin y Pérez, tomó un par de bocanadas largas de aire y prendió un cigarrillo.
- Que hija de puta - dijo.
- Que puta de mierda- dijo más para si mismo Craigs.
El sargento fumó el resto de su cigarrillo en silencio, mientras que los cuatro hombres que lo acompañaban se quedaron en silencio. Cuando la llama llegaba hasta el filtro, Craigs tiró la culata al piso y la apagó con la punta de su zapato. Miró el cielo y prestó atención a los silbidos de un pájaro. Después volvió su cara con bigote fino a Menéndez, Artuchi, Wilkin y Pérez.
- Bueno muchachos, tenemos un fiambre ahí adentro -, les dijo.
- ¡A laburar! -, aplaudió Craigs.
El sargento y Menéndez y Artyuchi entraron a la cabaña. Wilkin y Pérez fueron al móvil para hablar por radio con la comisaría.

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