9 oct. 2009

una de Lobos y loberías


Un camino largo, no hay nuevos días. La senda terminó pero los caminantes siguen su marcha, apretujados unos con otros, dándose calor. Bestias hervíboras jugando a la multitud, se entusiasman y sueñan que son fuertes, pero siguen y caminan, caminan y siguen; han olvidado a quién seguían, será que nunca importó o será que era tan importante como para no reconocer tal ausencia.
Nubes, nubes, nubes y más nubes, los siguen, ellos no le prestan importancia: el día llegará y eso es bastante. Las risas y los miedos se confunden entre tanta animalada, el deseo y la ternura se hacen una misma cosa, la multitud todo lo devora, cada pequeña diferencia, cada matíz es deglutido, no importa, todo será excretado y ahí sí será una sola cosa, lo uno. Nacer y morir es lo que revierte y obtura a la manada, los dignifica, nacen y mueren solos.
No quieren hacerlo pero juegan con la idea, saborean el aroma de lo que nunca serán capaces de cometer, ceban la imaginación al costo de callar sus instintos y callan. Apretujados, unidos, son fuertes, quieren ser fuertes. Nadie es fuerte hasta que está solo.


Un pasillo largo y vacío, una luz al final. El lobo se estaba yendo y sin detener su marcha lenta, de patas que arrastran sombras, se dio vuelta, pero no totalmente, etornó su cuerpo sin apuntarme con su hocico y de reojo sonrió. Esa fucking risa cortada, como canchereando. Y uno nunca sabe si la risa de un lobo es algo bueno o algo malo, pero estoy seguro que esos dientes blancos contrastando con el rojo de sus encías fueron más que necesarios para advertirme que no era buena idea intentar seguirlo.

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